Voz experta. PIAM: 40 años de aprendizaje que inspira y transforma
Costa Rica atraviesa una importante transformación demográfica caracterizada por un proceso sostenido y acelerado de envejecimiento poblacional. Este cambio plantea importantes desafíos para la sociedad costarricense, particularmente para los sistemas de salud, las pensiones, los cuidados y la protección social. En el marco del Día de la Persona Adulta Mayor, que Costa Rica conmemora cada 1.º de octubre, resulta también necesario ampliar la reflexión hacia otras dimensiones fundamentales del desarrollo humano: ¿cuáles oportunidades estamos ofreciendo para aprender, participar, crear, construir y ejercer plenamente la ciudadanía durante la vejez?
En 2026, el Programa Institucional para la Persona Adulta y Adulta Mayor (PIAM) de la Universidad de Costa Rica (UCR) cumple cuarenta años. La conmemoración constituye una oportunidad para reconocer una trayectoria institucional pionera en Latinoamérica, pero también para reflexionar sobre una idea que adquiere especial relevancia ante el envejecimiento de nuestra sociedad: el aprendizaje no caduca con la edad.
Durante mucho tiempo hemos organizado socialmente el curso de vida en etapas aparentemente bien delimitadas: primero se estudia, después se trabaja y finalmente llega el retiro. Sin embargo. los marcos conceptuales del envejecimiento activo y del envejecimiento saludable cuestionan esa estructura. Cuando las personas viven más años, también se amplían las expectativas para aprender, desarrollar capacidades, descubrir intereses, establecer vínculos, participar en la comunidad y reformular proyectos personales.
Desde esta perspectiva, la educación de las personas mayores no debería entenderse como una actividad complementaria destinada simplemente a ocupar el tiempo libre. Forma parte del ejercicio pleno del derecho a la educación y constituye, a su vez, una herramienta para el ejercicio de otros derechos.
Las posibilidades de aprendizaje adquieren un sentido distinto del que tradicionalmente ha orientado la educación formal en otras etapas de la vida. Se convierten en espacios para la adquisición de nuevos saberes, la exploración de nuevos talentos e intereses y el desarrollo personal, a partir de propuestas educativas que reconocen la diversidad de las trayectorias de vida. Esto se traduce en experiencias tan diversas como el aprender un idioma, acercarse al arte o a las tecnologías, fortalecer capacidades físicas, comprender mejor los cambios sociales o, sencillamente, descubrir algo que despierta nuevamente la curiosidad. Sus alcances, sin embargo, trascienden ampliamente la adquisición de conocimientos.
Los espacios educativos favorecen la autonomía, la participación, las relaciones sociales y la posibilidad de continuar construyendo proyectos y aportando, tanto desde lo individual como desde lo colectivo. Permiten que las personas se reconozcan como sujetos activos de su propio proceso de desarrollo y no únicamente como receptoras de servicios o cuidados.
Cuarenta años en constante transformación
Cuando el PIAM inició su trabajo en 1986, hablar de envejecimiento, aprendizaje a lo largo de la vida o gerontología educativa tenía una presencia mucho menor en la discusión pública costarricense. Cuatro décadas después, estas ideas adquieren una relevancia cada vez mayor ante las transformaciones demográficas y sociales del país.
En este contexto, la experiencia acumulada por programas universitarios dirigidos a personas adultas y adultas mayores adquiere un valor que trasciende sus actividades particulares. Permite observar qué ocurre cuando se crean oportunidades sostenidas de educación, participación y encuentro entre generaciones. También nos recuerda algo fundamental: no existe una única manera de aprender o envejecer.
Educar a lo largo de la vida supone reconocer las capacidades, potencialidades y experiencias que cada persona ha construido a lo largo de su trayectoria, así como generar oportunidades para continuar desarrollándolas. Implica, además, reconocer la diversidad de intereses, necesidades y aspiraciones que existen en la vejez y respetar la autonomía de cada persona para decidir qué desea aprender, cómo quiere participar y de qué manera esos nuevos aprendizajes pueden integrarse a su propio proyecto de vida.
Una universidad que también aprende y se inspira
Existe otra dimensión que merece ser atendida. Cuando la Universidad abre sus espacios a personas de diferentes edades, no solamente transforma la vida de quienes ingresan a ellos; también se transforma a sí misma.
La presencia de personas adultas y adultas mayores modifica el ecosistema universitario. En aulas, pasillos y actividades coinciden estudiantes jóvenes, docentes, personas facilitadoras y participantes con trayectorias vitales muy diferentes. Cada persona aporta conocimientos, experiencias y maneras particulares de interpretar el mundo.
Esta convivencia permite superar una concepción unidireccional de la educación, en la cual unas personas enseñan y otras simplemente reciben conocimiento. En su lugar, aparece una relación mucho más recíproca y enriquecedora: todas las generaciones tienen algo que enseñar y algo que aprender.
Las personas mayores llevan a la Universidad experiencias laborales, familiares, comunitarias y sociales construidas durante décadas. La Universidad aporta, a su vez, espacios para acceder a nuevos conocimientos, desarrollar intereses y participar en la vida académica y social.
Ese intercambio constituye una forma concreta de aprendizaje intergeneracional.
Pero tiene además otra consecuencia importante: permite confrontar estereotipos sobre la vejez. Cuando distintas generaciones comparten espacios, resulta más difícil sostener representaciones de las personas mayores basadas exclusivamente en dependencia, enfermedad o pérdida de capacidades. La experiencia cotidiana muestra una realidad mucho más diversa y, sobre todo, nos permite reflexionar sobre nuestra forma de comprender y experimentar el propio envejecimiento.
Una mirada hacia el futuro
Celebrar cuatro décadas de trabajo permite mirar con satisfacción lo construido, pero una conmemoración universitaria adquiere verdadero sentido cuando también nos obliga a mirar hacia adelante.
Eso implica fortalecer las oportunidades de aprendizaje a lo largo de la vida, favorecer espacios genuinamente intergeneracionales y comprender que las personas mayores no deben ocupar un lugar periférico dentro de nuestras instituciones, sino asumir un papel protagónico donde el diálogo de saberes contribuya al bienestar común.
Las personas facilitadoras de los cursos regulares y específicos, que durante años han acompañado al PIAM, han sido fundamentales en esta construcción. Su labor demuestra que enseñar en estos espacios significa también escuchar, aprender, adaptarse y construir conocimiento junto con otras personas.
Después de cuarenta años, quizá una de las mayores enseñanzas del PIAM sea precisamente esa: una universidad abierta a todas las edades no es solamente una institución que enseña durante toda la vida; es una universidad que aprende de todas las vidas.
Costa Rica será una sociedad cada vez más longeva. La pregunta, entonces, no es únicamente cómo lograremos vivir más años, sino qué posibilidades tendremos para vivirlos con autonomía, participación, vínculos, aprendizaje y sentido. La educación tiene mucho que aportar a esa respuesta y la universidad pública también.



