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Viviana Guerrero Chacón, docente de la Escuela de Filosofía e investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas Foto: Anel Kenjekeeva.
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Filosofía de la ciencia y SARS-CoV-2

Voz experta: Epistemología y ética en tiempos de pandemia

Una oportunidad para empatizar con el dolor ajeno
26 abr 2021Artes y Letras

Históricamente el dolor ha sido entendido como un síntoma. Esta acepción concebida en el seno mismo de la filosofía de la medicina griega, por ejemplo en Hipócrates o Galeno, ha permeado los sustentos de la medicina moderna, se le entiende como un padecer, como evidencia de una disfunción corporal o una alteración de la normalidad.

Esa acepción tiene serias implicaciones epistemológicas y éticas que vale la pena cuestionar o, al menos, replantear en el marco de una pandemia, que a la larga ha generado tanto dolor.

La medicina ha cosificado y universalizado la experiencia del dolor, la ha cosificado porque se reduce a un elemento más del expediente clínico (está o no está), la convierte en una parte más del check list. La ha universalizado porque, así como con muchas otras cosas de la medicina, no existe el interés de particularizar la experiencia del dolor, no hay capacidad analítica para personalizar esa experiencia, sino que su comprensión es unívoca: el dolor es uno, independientemente del sujeto, su cultura, su narratividad, su autocomprensión.

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Esto ha generado que el conocimiento médico sobre el dolor sea mecánico, como mecánica es también cualquier cita o procedimiento donde lo que impera es la lógica fordista. Ese conocimiento, además, otorga un poder excesivo a la persona de bata blanca, ya que la narratividad del paciente sobre su propio dolor es reducida a lo que la persona de bata blanca termine por escribir, entender o atender.

Es claro que en una sociedad capitalista, donde tener un sistema de salud público es, en sí mismo, una insurrección, no se puede aspirar a tener una atención médica personalizada, distendida y más humana; pero evidentemente ello no justifica entender el dolor solo como mediación y no como vivencia real del paciente.

La excesiva naturaleza biológica del dolor construye representaciones de alteridad de esa experiencia, es decir: el dolor es un enemigo a vencer, el dolor no es normal, el dolor no está bien, el dolor es un otro en el cuerpo.

Todo ello tiene, además de las ya mencionadas repercusiones epistemológicas, repercusiones éticas, pues convierte el dolor en un escenario de guerra, de culpa y de rechazo. El dolor en sí mismo puede generar incertidumbre o angustia en quien lo vive, pero además ese discurso tradicional del dolor concibe el cuerpo del doliente como un espacio en pugna en el cual debe vencer la medicina.

Pero cuando ello no sucede, la culpa se carga como una cruz, se genera conflicto interno, autocuestionamiento y hasta punitividad, con ello convertimos el dolor en una experiencia solitaria e incomunicable.

La soledad que puede generar el dolor se exacerba si se trata de una enfermedad contagiosa, pues en cualquier otra experiencia es ya de por sí difícil comprender cómo le duele al otro. Por eso, con el COVID-19 tenemos un triple reto: el de desestructurar el conocimiento médico mecanicista; el de escuchar la narratividad de las personas dolientes y darle valor a su experiencia; pero además, quizá el más difícil de todos, el empatizar con el dolor ajeno, con el dolor de los vulnerables, con el dolor de los silentes.

El primer reto implica descolocar la enfermedad y recolocar a la persona como el centro del acto médico, implica la renuncia al protagonismo de la bata blanca y sustituir esta por la centralidad de la experiencia social de la relación profesional-paciente, implica romper el desapego tan apreciado por la vieja medicina. Y, finalmente, implica la ruptura de la comprensión del dolor como lo reparable, como síntoma y como anormalidad, ya que el dolor puede huir de las categorías, de las causalidades y de las metodologías médicas.

Si reestructuramos lo que la medicina sabe del dolor, podemos abrir la experiencia a otras explicaciones que no sean solo la del síntoma, podemos abrir espacio a la subjetividad, a las emociones y los temores de los cuales también está plagado el dolor. Aunque no podamos colegir la experiencia del dolor ajeno, podemos al menos agenciar ese dolor con la complicidad y compasión que amerita la relación humana del paciente con su médico.

Como vemos, los primeros dos retos están destinados a modificar el modelo médico hegemónico, pero en el tercero estamos todas y todos implicados. Para muchas de nosotras, el dolor ocasionado por el COVID-19 es extraño, lejano, no tiene que ver con nosotras, quizá porque no hemos tenido el infortunio de perder a alguien o padecer la enfermedad, para quienes sí han vivido la experiencia, la empatía se vuelve reacción natural, pero para quienes no, debemos forjar una empatía sin rostro, sin nombre, sin cuerpo, es la empatía por la empatía.

Claramente el individualismo exacerbado en el que vivimos dificulta la producción de esa empatía ideal, por eso debemos trabajar en la construcción de una sociedad distinta donde atender al otro, principalmente al vulnerable, no nos resulte un impedimento del disfrute propio sino parte de los compromisos éticos y sociales que mantenemos.

Está claro que la pandemia ha sido la oportunidad perfecta para preguntar-nos el conocimiento y la ética del dolor. Pero de lo que no estoy segura es que sea la oportunidad perfecta para cambiar de ellas lo que no funciona, aunque no les miento, no pierdo la esperanza.

M.Sc. Viviana Guerrero Chacón
Docente de la Escuela de Filosofía e investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas
viviana.guesyvtrrerochacon@ucr.ufjnac.cr
Etiquetas: #vozexperta.
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