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José Carlos Zamora
1.° de setiembre, Día Nacional de la Libertad de Expresión

Voz experta. Defender la verdad: el periodismo frente a la censura y la desinformación

Sociedad

"Quiero comenzar agradeciendo al Programa de Libertad de Expresión y Derecho a la Información de la Universidad de Costa Rica, a la Facultad de Ciencias Sociales y a la Rectoría por hacer posible este encuentro.
Un agradecimiento muy especial a la doctora Boza; al magistrado de la Sala Constitucional, Fernando Cruz Castro; y, por supuesto, a todos ustedes por acompañarnos hoy.

Es un honor estar aquí para conmemorar el Día Nacional de la Libertad de Prensa junto a mis colegas del Comité para la Protección de los Periodistas y de la Sociedad Interamericana de Prensa.

Y no podría pensar en una mejor manera de celebrar este día que estando aquí, en Costa Rica, con una comunidad de periodistas, académicos, estudiantes y ciudadanos comprometidos con proteger el periodismo y la libertad de prensa.

Porque hoy tenemos mucho que defender

Estamos viviendo un acelerado retroceso democrático en el mundo y América Latina no es la excepción. Los datos son alarmantes. El Comité para la Protección de los Periodistas documentó 129 periodistas y trabajadores de medios muertos en 2025, el año más letal desde que CPJ comenzó a recopilar estos datos hace más de tres décadas y al finalizar 2025, al menos 330 periodistas permanecían encarcelados en el mundo por ejercer su profesión. Son cifras enormes.

Pero detrás de cada cifra hay una persona, hay una familia, hay una redacción y hay una sociedad que pierde una voz y, con ella, una parte de su derecho a saber.

Y aquí hay algo que debemos entender. Aunque, lamentablemente, los periodistas siguen siendo asesinados, muchos líderes autoritarios han descubierto que matar a un periodista puede tener un costo internacional muy alto. Entonces han cambiado de estrategia, la censura se ha sofisticado:

Ya no siempre llega un soldado a cerrar una redacción.
Ya no siempre aparece un censor para decir: “Esto no se puede publicar”.
Ahora la censura puede llegar vestida de legalidad.
Puede llegar como una auditoría.
Como una investigación fiscal.
Como una demanda.
Como el retiro de publicidad pública.
Como presión sobre anunciantes privados.
Como una campaña coordinada de desprestigio.
Como acoso digital.
Como una acusación penal.
Como una orden de captura.
Como una prisión.

Está pasando de nuevo. Pero ahora, muchas veces, bajo el disfraz de aparentes democracias y Estados de Derecho.
Y el patrón se repite de país en país. Es un manual.

Primero, se desacredita al periodista. Se le llama mentiroso, corrupto, enemigo, traidor, prensa canalla. Se ataca deliberadamente su credibilidad porque quienes atacan a la prensa saben algo fundamental: la credibilidad es el principal activo de un periodista. Si logran destruirla, pueden sembrar la duda.

Después viene el odio. El periodista deja de ser visto como alguien que hace preguntas incómodas y empieza a ser presentado como un enemigo público. Luego viene la presión económica. Se utiliza la pauta pública para premiar a los medios obedientes y castigar a los críticos. Se presiona a anunciantes privados. Se intenta asfixiar financieramente a medios independientes.

Y cuando eso no funciona, aparece el siguiente capítulo del manual: el terrorismo fiscal y la criminalización.
Se utiliza el derecho penal, los sistemas tributarios, las fiscalías y, cuando es posible, jueces cooptados para fabricar procesos que parecen legales, pero cuyo verdadero propósito es castigar el periodismo.
Estos casos cumplen tres funciones: primero, silenciar al periodista perseguido, segundo, destruir su credibilidad y tercero —quizá el más importante— enviar un mensaje al resto de la prensa:“Miren lo que le pasó. Ustedes pueden ser los próximos.” Ese mensaje busca generar miedo. Busca que un periodista, antes de publicar una investigación, se pregunte: “¿vale la pena?”,“¿qué le puede pasar a mi familia?”, “¿voy a perder mi trabajo?”, “¿voy a terminar en la cárcel?”.

Cuando un periodista empieza a hacerse esas preguntas antes de publicar la verdad, la censura ya comenzó a funcionar. Y para entender por qué ocurre esto debemos dejar de pensar que el autoritarismo pertenece exclusivamente a una ideología.

Los autoritarios pueden presentarse como de derecha o de izquierda.Pueden envolverse en cualquier bandera. Pueden utilizar cualquier discurso. Pero su verdadera ideología es mucho más sencilla: el poder. El poder absoluto. Y demasiadas veces, la corrupción que ese poder permite proteger. Por eso no toleran una prensa independiente. Porque el periodismo pregunta, investiga, contrasta, documenta, fiscaliza y obliga a quienes ejercen el poder a rendir cuentas.

El periodismo independiente funciona como un pequeño contrapoder frente a los poderes establecidos y por eso resulta tan incómodo. No somos oposición política, somos oposición al abuso de poder. 

Y hoy debemos hablar de Costa Rica

Proledi, el Comité para la Protección de los Periodistas y la Sociedad Interamericana de Prensa hemos observado con preocupación el deterioro de las condiciones para el ejercicio de la libertad de prensa y los ataques contra instituciones fundamentales de la democracia costarricense.

Y precisamente por eso estamos aquí, Costa Rica ocupa un lugar extraordinario en América Latina. Durante generaciones ha demostrado que es posible construir democracia sin ejército, resolver diferencias mediante instituciones y sostener una prensa vigorosa, plural e independiente. Eso es un patrimonio nacional, y los patrimonios democráticos también se pueden perder.

No desaparecen necesariamente de un día para otro: se erosionan. Una institución a la vez, una norma a la vez, un periodista a la vez, una mentira a la vez. Por eso debemos reconocer las señales antes de que sea demasiado tarde:

Cuando se normaliza el insulto contra periodistas.
Cuando desde el poder se intenta destruir sistemáticamente la credibilidad de la prensa.
Cuando se utilizan recursos públicos para premiar obediencia o castigar crítica.
Cuando se intenta convertir a periodistas en enemigos de la ciudadanía.
Cuando se debilita la independencia de las instituciones.
Cuando la mentira repetida mil veces comienza a competir en igualdad de condiciones con los hechos.
Tenemos que prestar atención.
Porque conocemos este manual.
Lo hemos visto antes.

Lo hemos visto en Cuba, lo hemos visto en Nicaragua, lo hemos visto en Venezuela, lo hemos visto en El Salvador, lo hemos visto en Guatemala.

Y también estamos viendo señales profundamente preocupantes en Estados Unidos, un país cuya fortaleza democrática y tradición de libertad de prensa durante décadas fueron referentes para buena parte del mundo. El periodismo frente a la censura y la desinformación; y hoy observamos con creciente preocupación lo que está ocurriendo en Perú y también aquí, en Costa Rica. Sabemos cómo comienza este proceso.

Sabemos cómo se normalizan los ataques. Sabemos cómo se debilitan poco a poco los contrapesos y sabemos que esperar hasta que el deterioro sea irreversible es el peor error que podemos cometer. Por eso, no podemos permitir que ese manual siga avanzando en Costa Rica. Entonces, ¿qué hacemos cuando vemos que una democracia comienza a resquebrajarse?

Primero: documentar cada ataque, cada amenaza, cada abuso, cada intento de censura, cada utilización indebida de las instituciones. Porque la memoria importa. Los autoritarios dependen del olvido. Documentar significa dejar un registro para que algún día pueda existir rendición de cuentas y, cuando corresponda, justicia. Segundo: colaborar.

Durante demasiado tiempo, el periodismo ha vivido bajo una lógica de competencia. ¿Quién publica primero? ¿Quién consigue la exclusiva? ¿Quién tiene más audiencia? Eso importa, pero hay momentos en la historia en los que algo importa mucho más: la supervivencia del periodismo. Ante el autoritarismo necesitamos más y mejor periodismo.

Pero también necesitamos colaboración por encima de competencia. María Ressa, periodista y premio nobel de la paz, habla de la necesidad de una colaboración radical.Tenemos que practicarla antes de que sea demasiado tarde. Si atacan a un periodista, los demás no pueden mirar hacia otro lado.

Si intentan cerrar un medio, los demás medios no pueden pensar que simplemente desapareció un competidor. Porque después vendrá otro y después otro hasta que no quede nadie.

Cerrar filas no significa renunciar a nuestras diferencias, significa comprender que podemos competir por una noticia y, al mismo tiempo, defender juntos el derecho de todos a publicarla. Significa investigaciones colaborativas. Compartir información, compartir tecnología, compartir herramientas de seguridad, defender conjuntamente a periodistas perseguidos; combatir juntos la propaganda y la desinformación y aprender a utilizar la tecnología y los algoritmos que hoy amplifican mentiras también para amplificar hechos.

Tenemos que construir nuestro propio manual. Un manual democrático para defender el periodismo. Porque nada verdaderamente grande se ha construido individualmente. El coraje también es colectivo.

Y hay una tercera tarea que no podemos seguir postergando: prepararnos. Tenemos que aprender una lección fundamental de los países donde la libertad de prensa ya ha sido destruida o severamente debilitada. Cuando llega la crisis es demasiado tarde para empezar a prepararse. Los protocolos de seguridad no pueden escribirse después de la primera amenaza.

La defensa legal no puede comenzar cuando el periodista ya está esposado, la seguridad digital no puede instalarse después de que una cuenta fue intervenida, la protección física no puede improvisarse después de una agresión y la salud mental no puede atenderse solamente cuando el miedo, el agotamiento y el trauma ya han hecho daño. Tenemos que prepararnos antes.

Los periodistas y los medios debemos desarrollar protocolos claros de seguridad física, saber qué hacer frente a una amenaza, a quién llamar, cómo proteger a una fuente, cómo proteger a nuestras familias, cómo cubrir una protesta, una investigación de alto riesgo o una situación hostil sin asumir riesgos innecesarios.Tenemos que fortalecer nuestra seguridad digital; proteger nuestros dispositivos, nuestras comunicaciones, nuestros documentos, nuestras fuentes.

Entender que hoy, atacar a un periodista también significa intentar entrar en su teléfono, robar sus contraseñas, vigilar sus comunicaciones, revelar la identidad de sus fuentes o destruir años de trabajo. Tenemos que construir una verdadera cultura de defensa legal; los periodistas deben conocer sus derechos antes de necesitar ejercerlos, los medios deben contar con abogados preparados, protocolos frente a allanamientos frente a citaciones, frente a demandas, frente a investigaciones fiscales o penales utilizadas como instrumentos de intimidación y también debemos hablar de algo que, durante demasiado tiempo, el periodismo trató como si fuera una debilidad:la salud mental. Dejar de cubrir la violencia para evitar recibir amenazas, ser acosado, sivir bajo campañas permanentes de odio y temer por la familia.

Ver a colegas perseguidos o encarcelados, todo eso tiene un costo y cuidarse no es cobardía; cuidarse también es resistencia. Necesitamos periodistas vivos, periodistas sanos, periodistas capaces de seguir investigando mañana. No necesitamos mártires, necesitamos redacciones preparadas; necesitamos redes de apoyo, necesitamos saber quién responde cuando algo ocurre y, sobre todo, necesitamos ensayar esos mecanismos antes de necesitarlos porque en una crisis no se improvisa, en una crisis se ejecuta lo que se preparó antes.

Por eso, la preparación debe comenzar cuando todavía pensamos que quizá nunca la necesitaremos. Ojalá nunca sea necesaria, pero estar preparados puede marcar la diferencia entre resistir una ofensiva contra la prensa o desaparecer frente a ella.

Y hay una cuarta tarea esencial: defender los hechos.Estamos viviendo una batalla por los hechos, una batalla por la realidad, una batalla por la verdad y aquí quiero plantear algo que puede resultar incómodo: cuando se trata de defender los hechos, los periodistas no podemos ser neutrales frente a la mentira. Eso no significa convertirnos en propagandistas, todo lo contrario, el periodismo debe mantener independencia de gobiernos, partidos, empresas e ideologías; debe dudar, verificar, contrastar, buscar evidencia, escuchar distintas perspectivas, corregirse cuando se equivoca; pero hay asuntos fundamentales que no tienen dos verdades equivalentes: un hecho comprobado y una mentira no son dos opiniones.

La corrupción no necesita un “balance” artificial. Una violación de derechos humanos no se vuelve aceptable porque alguien poderoso la justifique, el racismo no merece neutralidad, la discriminación no merece neutralidad, la destrucción deliberada del medio ambiente no merece neutralidad, el abuso de poder no merece neutralidad. Una dictadura no es, simplemente, otra forma de democracia; y una mentira no se convierte en verdad porque la repita un presidente un millón de veces.

Nuestra obligación es con los hechos, con la evidencia, con la verdad; siempre con rigor, siempre con independencia, siempre dispuestos a cuestionar incluso aquello que nosotros mismos creemos. Eso es periodismo.

Y quiero terminar con una idea fundamental: el periodismo no cambia un país por sí solo. Quienes cambian un país son los ciudadanos, pero los ciudadanos no pueden actuar si no saben qué está pasando.

Los periodistas no somos fiscales, no somos jueces; nuestro trabajo es buscar la verdad, documentarla y publicarla, especialmente cuando alguien con poder quiere esconderla.

Cuando la corrupción deja de ser un rumor y se convierte en nombres, documentos y hechos, empieza a perder impunidad. Ahí puede comenzar un cambio. El periodismo informa, el periodismo incomoda, el periodismo obliga a quienes ejercen el poder a dar explicaciones.

A veces, el cambio llega rápidamente; a veces, tarda décadas; pero una sociedad que conoce la verdad siempre tiene más posibilidades de defenderse que una sociedad condenada a vivir entre mentiras. Por eso, perseguir a un periodista nunca afecta solamente al periodista.

Cuando encarcelan a un periodista, le roban a toda una sociedad una parte de su derecho a saber; cuando cierran un medio, pierde la sociedad. Cuando un periodista se exilia, pierde la sociedad, cuando el miedo consigue impedir una publicación, pierde la sociedad y cuando desaparece una prensa independiente, eventualmente, todos perdemos nuestra libertad.

La libertad de prensa no pertenece a los periodistas, les pertenece a ustedes; a los ciudadanos. Nosotros simplemente la ejercemos en su nombre y por eso defenderla tampoco puede ser únicamente responsabilidad de los periodistas; es responsabilidad de las universidades, de los jueces, de las instituciones, de la sociedad civil, de los empresarios, de los estudiantes y de cada ciudadano que comprende que ningún gobernante debería tener el poder de decidir qué puede conocer una sociedad.

Mi padre, el periodista José Rubén Zamora, ha defendido durante décadas una convicción sencilla y profundamente poderosa: la libertad no solamente se conquista. La libertad se ejerce y ejercerla significa, algunas veces, tener el coraje de decirle no al poder, no a la censura, no a la intimidación, no a la criminalización del periodismo, no a la mentira convertida en política pública; no al miedo.

Pero quiero terminar, sobre todo, con un mensaje de esperanza. Porque todavía estamos a tiempo, todavía existen instituciones que defender, todavía existen periodistas dispuestos a investigar, todavía existen universidades dispuestas a abrir estos espacios, todavía existen jueces que creen en la independencia de la justicia, todavía existen ciudadanos que entienden el valor de una prensa libre, todavía podemos documentar.

Todavía podemos organizarnos, todavía podemos protegernos, todavía podemos colaborar, todavía podemos construir redes de solidaridad, todavía podemos fortalecer nuestras instituciones, todavía podemos prepararnos antes de que llegue la crisis y todavía podemos hacer periodismo.

Ese es precisamente el punto: no estamos aquí para anunciar una derrota, estamos aquí para impedirla.

La experiencia de otros países debe servirnos no para resignarnos, sino para aprender. Ya sabemos cómo funciona el manual del autoritarismo, ahora construyamos nuestro propio manual para defender la democracia, un manual basado en periodismo; en preparación, en seguridad, en solidaridad, en instituciones, en hechos y en ciudadanos informados.

Porque frente a la censura, más periodismo; frente a la desinformación, más hechos, frente al aislamiento, más colaboración, frente al riesgo, más preparación, frente al miedo, más solidaridad y frente al autoritarismo, más democracia.

El periodismo no es un crimen; decir la verdad no es un crimen y defender la libertad nunca es un ejercicio inútil. Mientras existan periodistas dispuestos a buscar la verdad y ciudadanos dispuestos a defender su derecho a conocerla, existe espacio para resistir.

Existe espacio para corregir el rumbo, existe espacio para defender nuestras instituciones y existe esperanza, pero esa esperanza no puede ser pasiva; tenemos que convertirla en acción, tenemos que empezar hoy y tenemos que hacerlo juntos, muchas gracias".

Discurso de José Carlos Zamora, director regional para las Américas del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) en el Día Nacional de la Libertad de Expresión.


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José Carlos Zamora, director regional para las Américas del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ)

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