Primero fueron los cables, los sensores, las ruedas y las pequeñas piezas distribuidas sobre una mesa. Después, llegaron las computadoras y las primeras líneas de programación.
Al final, aquello que cinco semanas atrás era solo un conjunto de componentes, ahora podía desplazarse, detectar obstáculos y seguir por sí solo una línea trazada en el suelo.
Eso fue lo que lograron diez estudiantes de la Escuela Quebrada del Fierro, en La Unión de Cartago, durante un taller desarrollado como parte del Trabajo Comunal Universitario (TCU) TC-691 Tropicalización de la Tecnología, liderado por la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Entre piezas ensambladas, líneas de programación y errores convertidos en oportunidades, las niñas y los niños descubrieron que la robótica también podía estar en sus manos y, con ella, una posibilidad que pocos habían imaginado: su capacidad para convertirse en creadores de soluciones tecnológicas.
“Fue un aliciente muy grande observar cómo realmente las niñas y los niños disfrutaron el taller y cómo se sembró una semilla que los puede motivar a continuar explorando y desarrollando su interés por las áreas tecnológicas”, comentó el Ing. Helber Meneses Navarro, coordinador del TCU.
“Esto adquiere aún mayor significado al conocer la situación de vulnerabilidad social en la que se encuentran los habitantes de esta comunidad. Poder contribuir a ampliar sus perspectivas, así como mostrarles nuevas posibilidades para su futuro, representa una de las mayores satisfacciones”, agregó Meneses. Para Costa Rica, este propósito es fundamental.
De acuerdo con la Coalición Costarricense de Iniciativas de Desarrollo (Cinde), las empresas están demandando cada vez más talento especializado en sectores vinculados con las tecnologías digitales; es decir, en carreras asociadas a las áreas comúnmente conocidas como STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).
En este contexto, resulta fundamental para el país promover, desde edades tempranas, el encuentro con estas disciplinas, en especial entre poblaciones que enfrentan mayores barreras socioeconómicas para acceder a oportunidades de formación y de desarrollo tecnológico.
La iniciativa de la UCR procura, justamente, acercar la tecnología a poblaciones escolares que presentan condiciones socioeconómicas complejas y, así, generar experiencias que despierten su deseo futuro por inclinarse a estudiar y ejercer en estos campos del conocimiento.
Por supuesto, mientras descubren esas nuevas posibilidades durante los talleres, también se fortalecen habilidades como el pensamiento lógico, la resolución de conflictos, el trabajo colaborativo y la perseverancia; aprendizajes capaces de trascender las aulas y acompañarlos durante toda la vida.
“La programación desbloquea una cierta visión del mundo que tal vez no obtenés en el día a día. Es una forma diferente de resolver problemas”, afirmó Amy Artiaga López, estudiante de Educación Primaria de la UCR e integrante del TCU.
“Queremos que vean esto como una estrategia que luego les puede servir para resolver un problema en su propia comunidad. Como ellos crecieron acá, tal vez puedan usar lo que aprendieron hoy para aportar algo mañana”, mencionó Artiaga.
Pieza por pieza
Con el objetivo claro y todo lo demás listo, las y los escolares comenzaron el primer desafío: darle forma al robot. Para lograrlo, las niñas y los niños recibieron kits de robótica ACEbott, que corresponden a un robot tipo carrito.
Con ese kit comenzaron a reconocer cada uno de sus componentes y la función que cumplían. Posteriormente, en equipos, iniciaron el ensamblaje del carro pieza por pieza.
Como era de esperar, no todo salió bien al primer intento. Durante la primera sesión, hubo dificultades para interpretar las instrucciones de construcción. Sin embargo, conforme avanzó el trabajo, los menores lograron adaptarse, corregir errores y completar con éxito la primera etapa del robot.
“Lo más interesante fue ver cómo las niñas y los niños buscaban ayuda de sus compañeros o de los facilitadores del taller y luego continuaban con tranquilidad el resto del trabajo”, manifestó el Ing. Helber Meneses Navarro, coordinador del TCU.
“Me llama la atención este hecho porque, comúnmente, cuando alguien se frustra al no poder hacer algo, se cierra en que no se puede y muy pocas veces recurre a buscar ayuda. Fue muy alentador notar una actitud positiva ante algo nuevo que representaba una dificultad para ellos”, expresó Meneses.
Esa actitud positiva se hizo más evidente en la segunda sesión. Las y los menores mostraron una mayor autonomía y capacidad para identificar piezas, seguir instrucciones y solucionar dudas, lo que los llevó rápidamente a su segundo desafío: hacer que el robot obedeciera. El momento de programar había llegado.
En la tercera sesión, las y los escolares tuvieron su primer acercamiento a la programación por bloques (un método visual que permite darle instrucciones a un robot sin escribir un código desde cero).
Con la guía del estudiantado de la UCR, el grupo de escolares aprendió a construir secuencias de instrucciones para indicarle al carro que avanzara, retrocediera o girara.
Después de múltiples intentos, pudieron observar cómo aquello que organizaban en la pantalla de una computadora se convertía en movimiento en el mundo físico y, junto con eso, experimentar la satisfacción de su primer logro en un terreno hasta entonces desconocido.
“Lo que más me sorprendió fue la capacidad que tienen de entender temas complejos. Mucha gente asume que hay que bajarlo todo al máximo, pero no. Ellos son capaces y buscan soluciones”, afirmó Joseph Álvarez, estudiante de Ingeniería Eléctrica y parte del equipo facilitador del TCU.
Al terminar la jornada, las niñas y los niños ya habían desarrollado sus primeros programas y comprobado, de primera mano, que cada instrucción traía consigo consecuencias concretas en el comportamiento del robot.
Un recorrido visual del taller impartido
El robot comenzó a “decidir”
La siguiente etapa aumentó de dificultad. Ya no bastaba con indicarle al robot que avanzara o retrocediera. Ahora, el programa debía establecer qué debía hacer cuando aparecía un obstáculo.
Con miras a conseguir la nueva meta, las niñas y los niños aprendieron a utilizar sensores ultrasónicos e instrucciones de programación, a fin de que el robot reaccionara ante lo que encontraba a su alrededor, detectara obstáculos y modificara autónomamente su recorrido.
También incorporaron luces led, cuyo comportamiento cambiaba según las condiciones establecidas en el código. Cuando un programa no producía el resultado esperado, las y los escolares debían analizarlo, identificar qué estaba fallando, modificarlo y volver a intentarlo.
Ese proceso les permitió adquirir una mayor autonomía ante los ejercicios planteados, así como fortalecer sus capacidades vinculadas con la resolución lógica de problemas, la observación y la experimentación.
“Noté un instinto de competitividad en la mayoría de ellos, al igual que la curiosidad por ver el carrito terminado y en funcionamiento. Considero que esa curiosidad les ayudó a superar continuamente los momentos de frustración”, recordó Meneses.
Prueba y error
El último día llegó y, también, la prueba final. Los carros fueron colocados sobre una pista. La nueva meta consistía en que el carro utilizara sus sensores para reconocer una línea y seguir su recorrido.
Nuevamente, no todos funcionaron como se esperaba. Algunos robots perdían la trayectoria y fue necesario revisar el código, realizar nuevas correcciones y volver a probar. Así, el estudiantado comprobó que pequeñas modificaciones en un programa podían cambiar el desempeño de la máquina.
Para Melania González, docente de la Escuela Quebrada del Fierro, este tipo de iniciativa fue novedosa. “Cuando se les comunicó la idea, los estudiantes estuvieron muy contentos. Muchas veces esa alegría se muestra en un primer momento. Sin embargo, vi que a lo largo del taller se mantuvieron interesados, con la anuencia de participar y con una muy buena actitud”, afirmó.
Uno de los puntos más favorables, indicó González, fue notar cómo sus estudiantes trabajaron en equipo y empezaron a ver a las y los universitarios de la UCR como un referente. Incluso, antes de finalizar las sesiones, llegaban otras niñas y niños atraídos por lo que veían desde afuera.
“Para mí, representa una gran motivación y satisfacción ver que los niños y niñas pudieron tener una experiencia con un prototipo robótico que les permitió entrar en contacto con nuevos conceptos y aplicar destrezas a las que usualmente no están acostumbrados”, reafirmó Meneses.
Por supuesto, el proceso también dejó aprendizajes para el estudiantado de la UCR. El equipo tuvo que transformar conceptos técnicos en explicaciones comprensibles para niñas y niños, modificar actividades cuando estas resultaban demasiado complejas y adaptar la planificación al ritmo real de aprendizaje de los grupos.
Ahora, el siguiente paso del TC-691 es llevar la iniciativa a otros centros educativos de zonas rurales o con condiciones de vulnerabilidad social. Turrialba es uno de esos lugares que está en mente.
La aspiración es que lo vivido en Quebrada del Fierro no culmine con diez estudiantes y un robot terminado, sino que sea el punto de partida para que más niñas y niños de zonas rurales o en zonas de bajo desarrollo humano descubran que la tecnología también puede estar en sus manos.






