Voz experta: "Detrás de la paz política hay siempre una decisión colectiva"
"Hay reconocimientos que se reciben con alegría, otros con gratitud; y hay algunos que, además, nos obligan a volver la mirada hacia atrás y preguntarnos por los caminos, las personas y las circunstancias que hicieron posible que llegáramos hasta aquí. Para mí, el Premio Rodrigo Facio Brenes pertenece a esta última categoría.
Recibirlo constituye un inmenso honor. Que sea mi propia alma mater la que me lo concede es algo que nunca imaginé. Quizá porque nunca he pensado en mí misma como una intelectual, tampoco como una académica y, desde luego, menos como una líder política. He sido, fundamentalmente, una servidora pública. Por eso, recibo este reconocimiento con gratitud, pero también con la conciencia de que ningún recorrido como el que hoy me premian se construye en soledad.
Lo recibo en nombre de los miles de ciudadanas y ciudadanos comprometidos con la democracia costarricense que, a lo largo de los años, han depositado su confianza en el Tribunal Supremo de Elecciones. Y quisiera recibirlo, de manera muy especial, en nombre de las mujeres de mi país: de aquellas que abrieron brecha en espacios que durante décadas fueron cotos vedados para nosotras; de las que llegaron primero y tuvieron que demostrar, muchas veces el doble, que tenían derecho a estar allí; y de las que siguen llegando hoy, haciendo que aquello que alguna vez fue excepcional pueda convertirse, finalmente, en normalidad.
Hay, además, algo profundamente significativo en que esta ceremonia tenga lugar aquí, en la Sede del Caribe de la Universidad de Costa Rica. Estamos a pocos días del 31 de agosto, Día de la Persona Negra y la Cultura Afrocostarricense.
Y estamos en una región sin la cual no es posible comprender cabalmente la identidad costarricense. El Caribe nos recuerda que Costa Rica ha sido construida desde muchas geografías, muchas memorias y muchas culturas; que nuestra identidad nacional es más rica cuanto más capaz es de reconocerse plural; y que la democracia no consiste solamente en que todas las personas tengan formalmente una voz, sino en que todas las voces puedan ser escuchadas y reconocidas como parte legítima de la comunidad. Y quizá no haya mejor lugar que una universidad pública, y particularmente esta sede universitaria, para recordarlo.
Quisiera contarles una historia, en realidad, varias historias. Porque cuando intento comprender por qué el estudio, el servicio público y la democracia terminaron ocupando un lugar tan importante en mi vida, inevitablemente regreso a mi familia.
Mi abuelo paterno, Néstor Zamora Segura, solía contar con orgullo que su padre había hecho un gran esfuerzo para enviar a sus hijos varones al internado que dirigía don Carlos Gagini. Entre sus profesores estuvo don Luis Dobles Segreda. Después, aquellos jóvenes fueron enviados a estudiar a un internado en Lafayette, Luisiana. Mi abuelo no pudo seguir la carrera que habría querido. Debía regresar a Costa Rica para ayudar a su padre en los negocios familiares. Pero entonces se hizo tenedor de libros y conservó durante toda su vida una curiosidad enorme por el mundo. Una de las historias que recuerdo haberle escuchado tenía lugar en México. Había pasado por Chihuahua y se enteró de que, apenas el día anterior, había estado allí el célebre “Centauro del Norte”.
Mi abuelo lamentaba, todavía muchos años después, no haber podido conocer a Pancho Villa. Para una niña, aquello era fascinante. La Revolución mexicana dejaba de ser un capítulo distante de un libro de historia. De alguna manera había pasado a un día de distancia de mi abuelo. Y el conocimiento empezaba así: como relato, como curiosidad, como una ventana que comunicaba nuestra pequeña vida cotidiana con el ancho mundo.
Mi padre, Néstor Zamora Quesada, heredó esa pasión por aprender. Quería estudiar medicina. Pero en Costa Rica todavía no existía la carrera. Ingresó entonces a Farmacia, en una Universidad de Costa Rica que acababa de nacer. Fue profesor de Química y Farmacología y secretario de la Escuela de Farmacia.
Muchos jóvenes costarricenses que debían marcharse al extranjero para estudiar medicina cursaban antes sus primeros años en Farmacia. Mi padre fue profesor de algunos de ellos. Su sueño de ser médico se canalizaba, así, colaborando en la formación de quienes sí tenían los recursos para hacerse médicos en el extranjero. Hasta que don Rodrigo Facio Brenes y el doctor Antonio Peña Chavarría impulsaron la creación de nuestra propia Facultad de Medicina. Entonces mi padre tomó la decisión de volver a ser estudiante. Por sus estudios anteriores le ofrecieron incorporarse directamente al tercer año de la carrera. Pero la Universidad estaba viviendo una de sus grandes transformaciones intelectuales como parte de la reforma universitaria de 1957. Mi padre respondió que por nada del mundo se perdería los nuevos Estudios Generales. Quería escuchar a Constantino Láscaris, quería recibir lecciones de Teodoro Olarte, quería vivir aquella Universidad que entendía que formar un médico no consistía solamente en enseñarle anatomía, fisiología o farmacología, sino también en ayudarle a comprender al ser humano y el mundo en el que ese ser humano vive.
Con el paso de un archipiélago de facultades a una universidad, venía, también, la ampliación de la experiencia de ser estudiante, así la casa de estudios dejó de ser solo un centro de adiestramiento y se conviertó en un espacio para el pensamiento, el debate, la creación artística y, por supuesto, la socialización y la diversión. Durante aquellos años, los estudiantes de Medicina preparaban su carroza para la Semana Universitaria en una bodega o garaje situado frente a donde hoy está la Facultad de Derecho. Mis tres hermanos y yo íbamos siempre.
¡De modo que la UCR no empezó para mí con libros en las manos, sino con el papel crepé de las carrozas en las manos! Por eso, mucho antes de matricularme aquí, la Universidad ya formaba parte de mi paisaje afectivo. Mi padre integró la primera generación de médicos graduados por la Universidad de Costa Rica. Recibió su título en el Teatro Nacional de manos de don Carlos Monge Alfaro. Y entonces la Universidad dejó de ser solamente un lugar y se convirtió, para nuestra familia, en una promesa.
La historia de mi madre fue distinta y quizá por eso mismo me enseñó todavía más profundamente el valor de la educación. María Eugenia Chavarría Gellert conoció, desde niña, el rostro más doloroso de la intolerancia política. Tenía apenas diez años cuando su padre, Filiberto Chavarría Quesada, quien había sido diputado del Congreso Constitucional, fue asesinado en el crispado ambiente posterior a la guerra civil de 1948.
Mi madre tuvo entonces que empezar a trabajar desde muy joven en la farmacia de la Caja Costarricense de Seguro Social. Intentó continuar sus estudios asistiendo al colegio nocturno. Entre sus profesores estuvieron, curiosamente, dos nombres que también pertenecen a la historia de esta Universidad: don Carlos Monge Alfaro y don Isaac Felipe Azofeifa. Después de trabajar durante todo el día, mi madre llegaba exhausta a las lecciones. A veces, en la última clase, se quedaba dormida. Y aquellos profesores se acercaban, le tocaban suavemente el hombro y le decían: “María Eugenia, ya terminó la clase”.
Siempre me ha conmovido esa imagen. Porque hay gestos aparentemente pequeños que pueden acompañarnos durante toda la vida. Un verdadero maestro no es solamente quien transmite conocimientos. Es también quien logra mirar más allá de los ojos del estudiante y descubrir a la persona que tiene delante: su cansancio, sus dificultades, sus posibilidades.
Mi madre no pudo terminar entonces el colegio. Pasaron los años y cuando yo obtuve el bachillerato, y después mi hermano Juan, ella decidió obtener también el suyo por madurez. Y cuando nosotros entramos a la Universidad de Costa Rica, tres años después, ella decidió hacer algo todavía más hermoso: entró también a la Universidad a estudiar Derecho.
Por eso crecí en una casa donde estudiar nunca fue entendido como una obligación. Estudiar era una aventura y un privilegio. Lo sabíamos porque, para tener acceso al conocimiento, nuestros padres habían tenido que luchar por él. Porque el conocimiento y el estudio nunca se nos presentó disociado de la vida.
¿Cómo no interesarse por la Revolución mexicana si el abuelo seguía lamentando no haber conocido a Pancho Villa? ¿Cómo no leer a Luis Dobles Segreda si había sido profesor de la familia? ¿Cómo no admirar a Isaac Felipe Azofeifa y a Carlos Monge Alfaro si, en los momentos más duros de la juventud de mi madre, habían sabido ver en aquella muchacha agotada algo más que una estudiante dormida al final de la clase?
De mi familia aprendí que la educación transforma vidas. Pero aprendí también algo más. Que la educación y la democracia están profundamente unidas. Mi propia relación con la democracia comenzó temprano.
En 1970, siendo estudiante, fui guía electoral en el Liceo Unesco de Pérez Zeledón. Mi madre era entonces candidata a regidora por el partido de don Mario Echandi. Resultó electa y se convirtió en la primera mujer regidora propietaria de ese cantón. Cuatro años después, en 1974, fui electa presidenta del gobierno estudiantil del Colegio Nuestra Señora de Sion. En aquella condición participamos en la redacción del primer reglamento que otorgaba derechos a los integrantes de los gobiernos estudiantiles. ¡Qué me iba a imaginar entonces que décadas después terminaría integrando el máximo organismo electoral costarricense! Mucho menos que llegaría a presidirlo. Pero visto desde hoy, encuentro un hilo que une aquellos momentos.
La democracia nunca fue para mí únicamente una teoría jurídica. Fue una experiencia. Era ver a mi madre participar en política en una época en que aquello todavía resultaba excepcional para una mujer. Era organizar elecciones estudiantiles. Era discutir reglas. Era aceptar resultados. Era descubrir que las diferencias pueden resolverse mediante procedimientos compartidos y no mediante la fuerza. Y esto tenía una significación particular en una familia que había conocido, apenas una generación antes, el costo terrible de la violencia política.
Quizá por eso nunca he podido pensar la democracia como algo abstracto. Detrás de las instituciones hay vidas, detrás de las reglas hay historias y detrás de la paz política hay siempre una decisión colectiva, renovada generación tras generación, de sustituir la violencia por la palabra, la imposición por el derecho y el enemigo por el adversario.
Ingresé a la Universidad de Costa Rica en 1975. Estudié Derecho y me gradué en 1982. Si empiezo aquí a contarles de magníficos profesores o compañeros entrañables, queridas amigas y amigos hasta hoy, no acabaría. La Facultad de Derecho fue mi casa durante un programa de estudios que, entonces, era de siete años. No pude asistir a mi ceremonia de graduación porque ya me encontraba en Estados Unidos cursando, gracias a una beca Fulbright, la maestría en Derecho en la Universidad de Harvard, que concluí en 1983.
Regresé después a mi Universidad y obtuve también el título de Notaria Pública en 1985. Y tuve, además, el privilegio de volver a sus aulas como profesora. Por distintas circunstancias, tres colegas que habían iniciado cursos no pudieron concluirlos y me correspondió llevarlos a término. Así tuve la oportunidad de impartir Derecho Romano, Derecho Constitucional y aquel curso que entonces se llamaba Derecho Administrativo III y que correspondía al procedimiento contencioso-administrativo.
Pero lo más importante que me dio esta Universidad no cabe en una lista de títulos ni de cursos. La Universidad me enseñó que el derecho no existe como un fin en sí mismo. Existe para las personas. Y quizá por eso mi vida profesional terminó transitando, una y otra vez, por diferentes expresiones de una misma preocupación: la dignidad humana y los derechos humanos.
En México, como encargada asociada de protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, trabajé con personas que habían debido abandonar sus países huyendo de las dictaduras latinoamericanas.
Como viceministra de Justicia trabajé con personas privadas de libertad.
Más tarde, como directora general del Instituto Interamericano del Niño de la Organización de Estados Americanos, desde Uruguay, tuve la oportunidad de brindar cooperación técnica a los países del continente en aquellos años decisivos en los que entraba en vigor la Convención sobre los Derechos del Niño.
También tuve el privilegio de participar, desde diferentes espacios, en la construcción de pilares que hoy forman parte de nuestra arquitectura de derechos: la construcción de la Ley de la Defensoría de los Habitantes, la reforma constitucional que creó la Sala Constitucional y el proyecto de ley para la igualdad real de la mujer.
Refugiados, personas privadas de libertad, niños, niñas y mujeres; personas todas que necesitan amparo y que el poder encuentre delante de sí una frontera infranqueable: su dignidad humana. Con los años comprendí que eran todas distintas caras de una misma moneda. Que, en diferentes ámbitos, se me había entregado siempre una “maza” y una “cantera” con las cuales descubrir “lo que esconde hacerse hermano de la vida”.
Y bueno, en 2005 llegué al Tribunal Supremo de Elecciones. Han transcurrido, desde entonces, más de dos décadas. Fui vicepresidenta del Tribunal durante doce años y, desde diciembre de 2021, he tenido el inmenso honor de ser la primera mujer en la historia de Costa Rica en presidir su órgano electoral. Digo “honor”, pero también debería decir “responsabilidad”, porque pocas tareas producen tanta conciencia del peso de las instituciones como custodiar el derecho al sufragio.
Me correspondió presidir el Tribunal durante las elecciones nacionales de 2022, las primeras que Costa Rica realizó en medio de una pandemia. Tuvimos que hacer compatible aquello que, por momentos, parecía difícilmente conciliable: proteger la salud de las personas y garantizar plenamente el ejercicio del derecho al sufragio.
En 2024 organizamos las elecciones municipales más complejas, desde el punto de vista logístico, de nuestra historia. Y en 2026 vivimos una elección distinta por otra razón: nunca antes el Tribunal Supremo de Elecciones había debido enfrentar durante una campaña electoral una ofensiva de desinformación y descrédito de semejante intensidad. Se pusieron en duda procedimientos, se sembraron sospechas, se intentó erosionar la confianza en la institución y en el proceso electoral.
Y, sin embargo, la ciudadanía costarricense respondió. La confianza expresada en los resultados y la valoración positiva de la gestión electoral, tal y como acreditaron Idespo, Borge y Asociados, y el CIEP, demostraron que décadas de credibilidad institucional no desaparecen fácilmente cuando han sido construidas con independencia, profesionalismo, transparencia y apego a la ley.
Pero aquella experiencia me dejó también una inquietud: las democracias pueden tener excelentes leyes. Pueden contar con tribunales independientes. Pueden organizar elecciones técnicamente impecables. Y aun así ser vulnerables. Porque la democracia necesita algo que ninguna ley puede producir por decreto: ciudadanos capaces de pensar.
Permítanme volver entonces a la Universidad. En octubre de 1936, en los primeros meses de la guerra civil española, ocurrió en la Universidad de Salamanca uno de esos episodios que han quedado convertidos en símbolo. La tradición atribuye al general José Millán Astray un grito terrible: “¡Muera la inteligencia!” Frente a él estaba Miguel de Unamuno, rector de aquella universidad, pronunciando el inmortal “venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho”. Millán Astray solo pudo responder con slogans gritados como ese de: ¡muera la inteligencia!
"Que una universidad es, de alguna manera, una institución que toca el hombro de una sociedad y le dice: hey, despierte. No deje de pensar, no renuncie a preguntar, no permita que otros decidan qué puede usted conocer. No tema a las ideas, no confunda la estridencia con la verdad, no entregue su libertad a cambio de certezas fáciles. No acepte nunca el grito de ¡Muera la inteligencia! ".
Siempre me ha impresionado la brutalidad de esa frase. Porque pocas expresiones condensan de manera tan descarnada el impulso autoritario. “Muera la inteligencia”. Que nadie pregunte, que nadie dude, que nadie contradiga, que nadie examine críticamente aquello que el poder presenta como verdad.
Tal vez por eso los autoritarismos han desconfiado siempre de los libros, de los profesores, de los artistas, de los científicos y de las universidades. No porque todo conocimiento sea necesariamente rebelde. Sino porque pensar abre posibilidades. Y quien descubre que las cosas podrían ser de otra manera ha dado ya el primer paso para cuestionar a quien grita que solo pueden ser como él dispone.
La literatura comprendió esto hace mucho tiempo. En la primera parte de Don Quijote, el cura y el barbero realizan aquel famoso “donoso y grande escrutinio” de la biblioteca de Alonso Quijano. Buscan en los libros la causa de su locura.
Los juzgan uno por uno. Y muchos terminan condenados al fuego. Siglos después, Ray Bradbury imaginaría en Fahrenheit 451 una sociedad en la que los bomberos ya no apagan incendios, los provocan. Su tarea consiste en quemar libros. Pero la distopía de Bradbury contiene una advertencia todavía más perturbadora que la censura estatal. Una sociedad puede dejar de pensar no solamente porque alguien le prohíba hacerlo. Puede dejar de pensar porque ya no quiera hacerlo. Porque resulte más cómodo no preguntar. Porque el entretenimiento permanente sustituya a la reflexión. Porque la velocidad desplace a la profundidad. Porque una pantalla nos ofrezca incesantemente aquello que confirma lo que ya creemos. Porque confundamos tener información con tener conocimiento. Ahí Fahrenheit 451 se encuentra con Un mundo feliz, de Aldous Huxley. No siempre es necesario quemar los libros, a veces basta con conseguir que nadie quiera abrirlos.
En una entrevista, Antonio Gala, literato español, reflexionaba sobre el futuro tecnológico hace justo 35 años; con preocupación y, diría yo hoy, casi que como una premonición, le comentó a su entrevistador, Jesús Quintero, que no temía a la tecnología o al internet, pero sí a la actitud de las personas frente al conocimiento; en sus palabras “A mí lo que me da miedo no es que dándole a una tecla sepamos quién es Cervantes, Goya o Velázquez. Lo que me da miedo es que los hombres no sientan la menor necesidad de dar a la tecla”.
Y pienso también en El nombre de la rosa. En aquella abadía imaginada por Umberto Eco existe una biblioteca inmensa, laberíntica, fascinante. En ella se oculta un libro. Jorge de Burgos, el anciano monje ciego, está dispuesto a todo para impedir que otros lo lean y encuentren en la comedia y la risa el disolvente del temor al poder.
El conocimiento y el humor, las aulas, pero también el pretil y la Semana U, se vuelven peligrosos. ¿Por qué? Porque transforman nuestra manera de mirar el mundo y habilitan la crítica a la autoridad. Esta tensión atraviesa nuestra historia: el deseo de conocer frente al deseo de controlar lo que puede conocerse. Y por eso las universidades importan tanto. No solamente porque producen profesionales. No solamente porque investigan y hacen acción social. No solamente porque generan innovación.
Las universidades son esenciales porque preservan socialmente el derecho a preguntar.
A preguntar incluso aquello que incomoda, a someter las afirmaciones a evidencia, a distinguir una opinión de un hecho, a cambiar de parecer cuando las razones así lo exigen, a convivir con la incertidumbre, a escuchar a quien piensa diferente y a comprender que reconocer que uno puede estar equivocado no es una debilidad, sino una de las formas más profundas de la inteligencia.
Hoy esa misión tiene una urgencia extraordinaria. Nunca habíamos tenido acceso tan rápido a semejante cantidad de información. Y, paradójicamente, quizá nunca había sido tan necesario aprender a discriminar entre conocimiento y apariencia de conocimiento.
La desinformación no necesita convencernos a todos. Le basta, a veces, con sembrar la duda o la insidia. Le basta con conseguir que una parte de la ciudadanía llegue a pensar que ya no es posible distinguir lo verdadero de lo falso; que todos mienten; que toda evidencia es manipulable; que toda institución es sospechosa; que el conocimiento experto es apenas una opinión más. Cuando eso ocurre, la víctima final no es únicamente la verdad. Es también la democracia. Porque la democracia necesita desacuerdo, pero necesita también un suelo compartido sobre el cual podamos estar en desacuerdo.
Podemos discrepar sobre las políticas públicas. Podemos discrepar sobre los gobiernos.
Podemos discrepar sobre nuestras prioridades como sociedad, pero necesitamos poder reconocer hechos, reglas e instituciones comunes que hagan posible tramitar esas diferencias sin destruirnos. Sin ese suelo, el adversario termina convertido en enemigo. La conversación se transforma en grito. Y la política, privada de razones compartidas, vuelve a sentir la tentación de la fuerza bruta.
Por eso quisiera proponer esta tarde una idea que resume mucho de lo que he aprendido a lo largo de mi vida: la democracia solo da sus frutos de emancipación y autorrealización humana, de convivencia fraterna y protección del débil, en el surco arado por las ciencias, las artes y las humanidades. No hay verdadera democracia sin ciudadanas y ciudadanos capaces de ejercer críticamente su libertad. Y no hay libertad plena cuando carecemos de las herramientas intelectuales necesarias para comprender el mundo en el que debemos decidir.
Por eso la Universidad no es menos importante para la democracia que los parlamentos, las elecciones o los tribunales de justicia. Todos forman parte de un mismo ecosistema de libertad. Sin academia y sin ágora, la polis corre el riesgo de convertirse en una aglomeración babélica de personas incapaces de comprenderse, dialogar y llegar a acuerdos; y, por ello mismo, expuestas a la violencia y la disgregación.
En el auditorio Alberto Brenes Córdoba de la Facultad de Derecho, sitio en el que, antes de la existencia del Aula Magna, tantas personas recibieron su diploma y otras muchas de las generaciones más recientes de juristas practicaron el teatro jurídico, en el que se hacían representaciones estudiantiles en las que revivía la Antígona o los juicios de Sócrates y de Galileo (importantes obras que nos enseñan sobre la justicia), se encuentra inmortalizada hoy una frase de don Rodrigo Facio que sintetiza la indisoluble relación entre universidad y libertad: “Libre es, pues, la Universidad de Costa Rica; abierta a todas las tendencias; receptiva de todas las inquietudes filosóficas, científicas o sociales; respetuosa de todas las ideas. Y no aceptará nunca más calificativo que ese: el de libre”.
Y es que hay aquí una responsabilidad adicional para la Universidad. Una universidad no puede limitarse a producir excelentes especialistas. Debe formar ciudadanos. La formación humanística evita que el conocimiento se fragmente hasta el punto de producir aquello que Ortega y Gasset llamó “bárbaros especialistas”: personas extraordinariamente competentes dentro de un ámbito técnico muy estrecho, pero incapaces de comprender las implicaciones humanas, éticas, sociales y políticas de aquello que hacen.
Un gran profesional no es necesariamente un gran ciudadano. La Universidad debe aspirar a formar ambos. Y en eso radica, a mi juicio, una de las grandezas históricas de la Universidad de Costa Rica. Desde su fundación, hace hoy 86 años, esta institución ha acompañado la construcción de la Costa Rica contemporánea.
Ha formado generaciones de médicos, abogados, maestros, científicos, artistas, ingenieros, filósofos, economistas y profesionales de prácticamente todos los campos.
Pero ha hecho algo todavía más importante: ha ensanchado las posibilidades vitales de miles y miles de personas. Lo hizo con mi padre. Lo hizo con mi madre. Lo hizo conmigo. Lo hizo con mis hermanos. Y lo sigue haciendo todos los días con jóvenes que llegan a sus aulas desde todos los rincones del país, muchos de ellos siendo los primeros miembros de sus familias que pueden acceder a una educación universitaria.
Por eso las sedes regionales tienen una significación democrática tan profunda. Una universidad pública que sale al encuentro del país reconoce que el talento no pertenece a un código postal, que la inteligencia no está concentrada en la capital y que el derecho a imaginar un futuro distinto debe extenderse a todo el territorio nacional.
Esta tarde, mientras recibo el premio Rodrigo Facio Brenes, no puedo evitar pensar nuevamente en mi padre. En aquel joven farmacéutico al que ofrecieron entrar directamente al tercer año de Medicina y que dijo que no. Que quería empezar desde el principio. Que no estaba dispuesto a perderse los Estudios Generales. Que quería escuchar a Láscaris y a Olarte.
Tal vez él comprendía intuitivamente algo que hoy necesitamos defender con renovada convicción: que la Universidad no existe únicamente para enseñarnos a hacer algo. Existe también para ayudarnos a descubrir quiénes somos, cómo queremos vivir juntos y qué responsabilidades tenemos frente a los demás.
Y pienso también en mi madre. En aquella muchacha que trabajaba todo el día y se dormía al final de las clases nocturnas. En Carlos Monge Alfaro y en Isaac Felipe Azofeifa acercándose para tocarle el hombro. “María Eugenia, ya terminó la clase”. Para ella, en realidad, la clase no había terminado. Años después regresaría a estudiar. Entraría a esta Universidad. Y nos enseñaría a sus hijos, quizá sin proponérselo, que nunca es demasiado tarde para aprender.
Hoy quisiera imaginar que ese gesto continúa. Que una universidad es, de alguna manera, una institución que toca el hombro de una sociedad y le dice: ey, despierte. No deje de pensar, no renuncie a preguntar, no permita que otros decidan qué puede usted conocer, no tema a las ideas. No confunda la estridencia con la verdad. No entregue su libertad a cambio de certezas fáciles. No acepte nunca el grito de “¡Muera la inteligencia!”.
Hace muchos años fui una niña que acompañaba a su padre mientras los estudiantes de Medicina construían una carroza universitaria. Después fui estudiante de esta Universidad. Luego profesora. Servidora pública. Defensora de derechos humanos y, finalmente, magistrada electoral.
Hoy regreso a mi alma mater para recibir un reconocimiento que lleva el nombre de una de las personas que contribuyeron decisivamente a hacer de esta Universidad lo que llegó a ser. Y al mirar hacia atrás comprendo que esos caminos que parecían distintos —educación, derechos humanos, servicio público, elecciones— conducían en realidad hacia una misma convicción: que la democracia existe para proteger la dignidad humana y que solo una ciudadanía capaz de conocer, pensar y discernir puede preservarla.
Por eso recibo este premio no como la culminación de una trayectoria individual, sino como un homenaje a las instituciones y a las personas que la hicieron posible. A mi familia. A quienes fueron mis maestros. A las mujeres que abrieron camino antes que yo. A quienes han compartido conmigo la vocación del servicio público. A mis compañeras y compañeros del Tribunal Supremo de Elecciones. A las ciudadanas y ciudadanos que siguen creyendo que vale la pena resolver nuestras diferencias con votos y no con violencia.
Y, sobre todo, a esta Universidad, a la Universidad de Costa Rica que recibió a mi padre cuando el país todavía no podía ofrecerle la carrera que soñaba, a la Universidad que años después abrió sus puertas a mi madre, a la Universidad que nos recibió a sus cuatro hijos, a la Universidad que me formó.
A esta Universidad que hoy, 86 años después de su nacimiento, continúa haciendo realidad aquella hermosa promesa costarricense de que el conocimiento puede ser un instrumento de libertad, de movilidad social, de justicia y de convivencia democrática.
Muchas gracias por este inmenso honor.
Y feliz aniversario a mi querida Universidad de Costa Rica".
Discurso de la magistrada presidenta Eugenia María Zamora Chavarría con ocasión de la entrega del Premio Rodrigo Facio Brenes en reconocimiento a su trayectoria.
Limón, Costa Rica, 26 agosto 2026




