El galardón reconoce un libro de Isabel Gamboa que transforma el dolor personal en literatura de misterio y terror
Llegaron las visitas, un libro de cuentos que agrupa nueve historias de ficción cargadas de terror y misterio, es la obra galardonada de Gamboa. Foto: Archivo OCI.
Isabel Gamboa Barboza nació en Junquillo Abajo de Puriscal. Ese origen campesino, que estuvo rodeado de circunstancias muy difíciles, moldeó una personalidad fuerte, un alma sensible y una mente inquieta que lograron sostenerla a pesar del sufrimiento que en diferentes momentos de su vida le tocó soportar.
Ella asegura que, al llegar a la Universidad Nacional (UNA) para cursar su primera carrera, tuvo la sensación de haberse “perdido el mundo” y decidió buscar el conocimiento en todas las formas que le fuesen posibles. “Empecé a ser muy autodidacta, yo leía libros de lo que fuera, iba a conferencias de lo que hubiera, a pesar de que mucho de ese tiempo trabajaba y estudiaba”, recuerda.
Con los años, Gamboa consolidó una rica formación interdisciplinaria en campos como la sociología, la historia, la sociedad y la cultura. Además, se convirtió en catedrática de la Universidad de Costa Rica (UCR) y en una intelectual que encontró en la escritura una manera de amplificar, aún más, la contundente voz que la caracteriza cuando habla.
Hasta este momento, suma ocho libros publicados, de los cuales tres son textos académicos, uno es una compilación de columnas publicadas en un diario nacional y cuatro son obras literarias, entre las que figura Llegaron las visitas. Este título la hizo merecedora del Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
En esta entrevista, Gamboa comparte algunas reflexiones sobre el camino personal y profesional que ha recorrido hasta recibir este galardón y evidencia, con su propia experiencia de vida, la posibilidad de transformar el dolor en historias para compartir con las demás personas.
—¿Cómo se da la transición de la investigación y la escritura académica a la escritura literaria?
—Isabel Gamboa Barboza: Yo puedo decir que escritora fui desde niña (si es que eso se puede afirmar), porque yo escribía literatura desde niña, siempre estaba inventando cosas en cuadernos; pero, claro, yo vivía en un lugar y en unas condiciones donde eso no existía ni tenía nombre y donde, además, hacer eso era un ridículo. Yo tenía que esconderme para escribir, porque si no me castigaban, porque eso era un ridículo, pero yo siempre escribí y nunca dejé de hacerlo. Escribía mientras estaba sobreviviendo a mi historia, a mi biografía terrible, dolorosísima, manteniéndome viva, literalmente. Y eso, lo que yo escribía, me ayudó a no matarme, porque yo escribí en ese entonces y durante años para no matarme, pero yo no lo sabía. Yo ahora no escribo para no matarme, ya no es para sobrevivir. Ahora yo escribo y me da una felicidad enorme, un placer.
A mí me costó mucho acomodarme laboralmente, aunque siempre me conseguía cosas y, por eso, trabajé en todos los sectores e, incluso, trabajé en otros países. Pero me costó afianzarme y, cuando ya logré tener algo en la Universidad, estaba siempre sin continuidad y entonces vivía con el corazón en la boca, con la incertidumbre, pensando cómo iba a hacer para conseguir trabajo en lo que fuera para los meses que me quedaba sin salario.
Y es muy difícil escribir así, aunque yo por ahí garabateaba cosas, pero es muy difícil si estás muy ocupada sobreviviendo. Además, tengo una personalidad superfuerte, suelo ser muy segura de mí misma en términos intelectuales, soy una intelectual crítica, consolidada y eso, en el caso de las mujeres, todas lo sabemos, te cierra puertas porque nadie quiere tener a una mujer que le opaque. Yo no voy a hacerme la víctima, pero creo que por mucho tiempo estuve pulseándola mucho y, hasta hace poco, siento que no la estoy pulseando.
Hasta que comencé a afianzarme, no solamente en lo laboral, sino también a encontrarme un poco más a gusto conmigo misma (en el sentido de aprender a lidiar con la suerte que me tocó), he podido dedicarme un poco más a escribir. Yo fui una víctima, pero decidí hacer algo con eso y, a partir de cierto momento, decidí pagarme a ver, hacer psicoanálisis, dejar de esperar que me recompensaran por todo el daño que me habían hecho y decidir qué hacer con eso, con eso que me tocó, y lo que yo hago con eso que me tocó es escribir.
—Además de cuento, ¿escribe otro tipo de literatura?
—IGB: Yo escribía cuento, cuentos muy breves, que unos escritores que me acogieron en Bolivia, escritores de varios países, leyeron en algún momento y dijeron que eran muy buenos. También escribí mucha poesía. Después dejé por mucho tiempo de escribir y asumí que yo no escribía. Yo no me veía como escritora, porque eso es lo otro: el poder simbólico de verse, de nombrarse. Yo pienso que, en el fondo, seguro uno espera que alguien la nombre. Los hombres no, los hombres empiezan a hacer algo y dicen "soy escritor", porque culturalmente están autorizados para eso.
Nosotras estamos, además, desautorizadas de antemano como escritoras, sobre todo si escribimos de temas que no son los que se esperan que escribamos, erotismo, no sé qué más. Entonces, una vez que estábamos varias hablando en la cocina de Emilia Macaya, ellas cuentan una historia cada una y yo cuento una historia muy diferente a la de ellas, y Emilia se voltea y me dice: “Isa, ¿por qué no escribís eso?”. Obviamente, se refería a hacerlo literatura y le contesté: “No, yo ya no escribo”. Entonces me ignoró y me dijo nuevamente: “¿Por qué no escribís eso?”. Yo no le contesté, pero esa noche empecé a escribir y ya no paré. Todas las personas ocupamos que nos vean buenamente y, sobre todo, las mujeres que hemos sido tan devaluadas, entonces ahí empecé.
—Llegaron las visitas es el nombre de la obra galardonada. ¿Cómo surge este texto en particular y qué lo motiva?
—IGB: Yo creo que muchas personas vivimos cosas horrorosas en la infancia y una va haciendo algo con ese horror, horror de diferente tipo. Por ejemplo, la soledad y el abandono son un horror, un terror, pero también lo son los golpes, también lo es la violencia sexual. Escogemos hacer algo, digamos que puede ser quejarse, sobrevivir es muy importante y, en mi caso, escribir; mis primeros escritos son profundamente dolorosos. Cuando yo escribí eso, no lo pensé; yo nunca planeo lo que escribo. Yo estoy caminando, estoy sentada, estoy en algo y, de repente, se me viene una idea y cojo el iPhone y empiezo a escribir algo. La novela El lugar donde no estamos la empecé a escribir un fin de semana, un sábado, y escribía y escribía y, cada vez que podía escribir, escribía. Y un día dije: "Mirá, yo creo que esto es una novela".
A mí no me preocupa qué voy a escribir ni cómo lo voy a escribir, nunca. Y me siento a gusto con eso. Antes me sentía mal, porque la gente planifica y dice "voy a escribir esto". La verdad es que yo escribo así, escribo de manera absolutamente espontánea y, hasta ahora, escribo bastante limpio, sin revisar mucho. Por ejemplo, ahorita estaba caminando ahí y de repente paré y agarré el teléfono por algo que vi. Comencé a escribir y no sé qué va a ser eso.
Así fue como también comencé a escribir. De repente el editor que estaba editándome un libro de cuentos me dice: “Isa, aquí tienes un cuento de terror extraordinario, tengo ganas de sacarlo, ¿a vos te gusta escribir terror?”. Y le dije que sí, que de hecho estaba escribiendo cuentos de terror y me dijo: “Ah, no, mae, voy a sacarlo y lo tiramos en un libro”. Él dictaminó que iba a ser un libro y así surgió ese. Estos cuentos de terror son una forma de hacer algo más. Con el terror se pueden hacer muchas cosas, por ejemplo, escribir cuentos de terror, que en este caso es un terror sobrenatural y con sentido del humor.
Ese libro yo lo escribí con mucha libertad, de manera espontánea y disfruté muchísimo escribiéndolo. Creo que está muy inspirado en todo lo que yo viví de niña, lo que me ayudó a sobrevivir: los árboles, las piedras, el río, elementos que siempre estaban presentes en toda mi literatura, pero que también a mí me ayudaron mucho a sobrevivir.
Las historias de terror que contaban, las historias de brujas, de diablos, de los misterios con los animales, aquello con lo que me amenazaban cuando me decían “Vaya traiga el ternero, pero cuidado le sale tal cosa”, a mí no me daba miedo. No me daban miedo los sustos, lo paranormal; a mí me daban miedo los hombres. Que me dijeran que me iba a salir ahí un pájaro embrujado, eso no me daba miedo, me abría preguntas, me abría mundos y eso es parte de mi historia también.
—¿Qué papel tienen el terror, el odio y el dolor en esta narrativa?
—IGB: El terror, el odio y el dolor tienen muy mala fama, porque tenemos una mente muy limitada que todo lo clasifica en bueno y malo, feo y lindo, yin y yang. Pero, en realidad, esos tres sentimientos son muy potentes, son muy vitales, son muy chispeantes para la vida; no se contradicen, no hay que verlos desde un punto de vista moral. Estoy hablando en términos literarios y en la vida misma también mueven mucho. Por ejemplo, una persona que sufre muchísimo no necesariamente tiene que matarse porque sufrió en lo indecible, puede sostenerse ahí y hacer algo con eso. Lo mismo con los otros sentimientos; para mí son manifestaciones vitales que te pueden hacer de una manera extraordinaria.
—¿A quién le habla con su obra y qué quiere decir con sus textos?
—IGB: Lo más fácil para responder es que no quiero decir nada, solo digo lo que digo. Yo no tengo ninguna intencionalidad; de hecho, yo no creo que la literatura deba servir para algo, que deba lograr justicia o derechos, para nada, eso es otra cosa, esos son ensayos. Entonces yo no busco nada, es mi voz, es lo que me nace decir. Digamos que hablo, escribo, hablo en forma de palabras; yo ni siquiera pienso en que va a ser publicado ni nada. Cuando alguien dice que quiere publicarlo, claro que me alegra y cuando sale publicado me alegra muchísimo. Y, cuando la gente lo comienza a comprar y lo comienza a leer, me alegro muchísimo más, claro que sí, pero son momentos independientes.
—El jurado destacó en su trabajo “un notable dominio del lenguaje narrativo y la sutileza con la que construye una historia cargada de tensión emocional y simbolismo”. ¿A qué le atribuye ese resultado?
—IGB: Vieras que hay una discusión en sociología de si el artista nace o se hace. Hay autores que plantean que se hace. Es algo que yo no sé responder. Yo solo sé que hay gente que es muy buena para unas cosas y que no todo el mundo es bueno para todo.
Hay una filóloga que revisó mi primer libro de cuentos y ella me dijo: “¡Qué bárbara! Es que hay gente que escribe y sabe escribir bien; sin embargo, en lo que escribe no hay alma. Pero es que vos sí que sos escritora de vocación”. Mi refugio de niña fueron las hojas, los ríos, la quebradita, los pececitos, los bejucos, las vacas. Yo literalmente sobreviví porque yo me aferraba a eso. Yo no era como los otros niños que golpeaban a los animales. En el pueblo había “tres locos”, entre comillas; había un montón de personas con unos niveles de sufrimiento espantosos que eran motivo de alegría para el pueblo, pero a mí todas esas personas lo que me generaban era una tristeza absoluta y muchas preguntas. Yo las miraba y las miraba y las miraba.
Desde niña miré mucho todo y a todos. Salí así, nací así. Yo no tengo la menor idea. Todo eso me costó la etiqueta de loca. Yo era muy sensible con todo, me hacía muchas preguntas y eso se refleja en lo que escribo.
—¿Cómo recibe este reconocimiento del Premio Nacional?
—IGB: Mi biografía estuvo marcada por violencias extremas, extremas de todo tipo, y lo pongo aparte, aunque podría estar metido en lo mismo de "no valer nada", no ser nadie más que un objeto de abuso y de maltrato, un lugar en el mundo para el abuso. Y yo de alguna manera conseguí descreer eso. Tuve la pulsión suficiente para ir al colegio, aunque me lo prohibieron. Luego, para ir a la universidad, aunque no sabía qué era la universidad. Por eso es que, desde que entré, yo no paraba de leer todo lo que pudiera y de ir a conferencias; no paré de estudiar.
Cuando a mí me dan la propiedad en la Universidad y presento los papeles en Régimen, de una vez alcancé la categoría de catedrática, porque yo nunca paré, yo soy muy vital. Pero eso no quita que siempre me seguía costando. La he tenido muy dura en la U. Hay una razón por la cual yo nunca me he convertido en una persona amargada: es porque yo soy muy vital, nunca he dejado de hacer ni para la universidad, ni por la universidad, ni en la vida. La vitalidad está ahí en todo lo que hago y, además, creo que tengo bastante claro quién soy.
Teniendo en cuenta de dónde vengo, de la miseria de la que me libré, de la miseria de la que yo misma me saqué, y teniendo en consideración que, además, no la he tenido fácil en mi vida adulta tampoco, este premio lo que viene a significar es un “yey”, es una constatación desde una mirada ajena que dice "hiciste bien en descreer, hiciste bien en mantenerte viva. Hay una mirada buena, es muy importante el reconocimiento simbólico, pero también el psíquico. Quien diga otra cosa miente".
